La lluvia eran lágrimas
de un cielo atribulado, triste,
que de gris plomizo se vestía
y sus angustias desahogaba.
Era lo que imaginaba,
su amoroso candor de niña;
su cielo tan amado
de tanto en tanto lloraba.
¿Pero qué aflicciones le aquejan,
al depositario de su imaginación,
si ella cuando despliega sus alas,
hasta sus nubes de algodón vuela?
Está afligido o tal vez enfadado,
los hombres le han hecho daño
y él no tiene a su mamá
para que lo arrulle en el regazo.
Ella lo mira, no hay respuestas,
entonces decide disfrutar,
chapoteando sobre las lágrimas
que su cielo triste una tarde derramó.
Viviana Laura Castagno Fuentes
