No puedo vivir un segundo desconectada de la natura.
No puedo — ni me interesa — prescindir de los amaneceres y observar cuando el sol despierta como invitando a celebrar la vida.
No puedo — no quiero — perderme la magia, la destreza de una enredadera trapecista, cuando tiende sus guías hacia los techos linderos —como si un gesto amoroso fuese— y con su follaje los cubre con prestancia.
No puedo — no deseo tampoco — resignar el placer de inhalar, los perfumes exquisitos de las flores, son tan especiales todos, estoy convencida que unos gnomos los crearon en un laboratorio luego de un largo trabajo de alquimia.
No puedo — les aseguro — ser indiferente a los espectáculos naturales, esos que parecen obras artísticas pintados por unas manos prodigiosas.
No puedo — no quiero — ignorar la espectacularidad diaria.
Sería un acto de hipocresía, no reconocer que mi alma se regocija cuando la natura la embelesa, y a mí me compete el honor de imbuirla con la felicidad y la plenitud que le prodiga con su magnanimidad única.

