Estamos condenadas
a ser sin haber sido
con esa sensación inequívoca
de que el pasado es ahora
el lugar asignado por la vida.
Aquel vendaval eclipsó todo
nos sorprendió una deriva
en un piélago ominoso
que por supuesto nos abdujo
y ante su embestida claudicamos.
Al final, todo es tan efímero
y nada queda indemne
el tiempo desdibuja, esmerila,
solamente el amor sobrevive
adherido allí, donde jamás fenece.