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martes, 22 de octubre de 2019

DAMA ELLA

          

Es una dama con distingo,
posee una belleza indiscutible,
es elegante cuando ríe, cuando festeja,
y es excelsa aun cuando está plañendo.

Pero tuvo épocas difíciles,
era una prostituida, casi una dama fácil,
tuvo tratamiento con displicencia tácita,
y a veces era explícita
pues no andaban con ambages.

Soy su defensora, su amistad cultivo,
la amo sin medida, sin permisos sociales,
ella es una amante perfecta, no existe otra,
gracias a la poesía, delicado sorbo literario.

Viviana Laura Castagno Fuentes

lunes, 21 de octubre de 2019

ACORDEMOS...OLVIDARNOS

                 

A veces, me convenzo —que ganó el olvido—
y siento como un éxito de la mente 
junto al alma, como si ambas acordaron
que olvidarte era lo mejor para ambas.

Pero, comienzo a pergeñar mis versos
y como por arte de magia, te apareces de nuevo.
Tu recuerdo está impoluto, mentira —no hubo, ni habrá olvido—.

La mente y el alma fracasaron estrepitosamente
en un acuerdo sin anuencias mías, que pareció un éxito y acabó siendo un fracaso, una artimaña sin argumentos.

Con la primera palabra —apareció tu imagen— 
y los versos se convirtieron en estalactitas,
se detuvo la magia de la escritura, huyó la inspiración y el caos se apoderó de mí, el olvido no ganó nada.

No logré eclipsarte, era una ilusión solamente,
estás en mí como el primer día, eres un arrebato,
que capturó a mi alma y la embelesó al instante;
ahora no decido si cedo a mis sentimientos
o intento olvidarte, para que mis versos se liberen,
y dejen de ser estalactitas — que paralizan a mi poesía—.

Decide: ¿Qué harás, te marchas o te quedas?

No secuestres a mis versos, los estorbas, cada vez que apareces 
sin mi consentimiento.

Acordemos por favor, hagamos las paces, seamos recuerdos gratos —pero recuerdos—, así podré continuar con mis letras 
sin eclipses, ni estalactitas que las entumezcan. 

domingo, 20 de octubre de 2019

LA CUNA



El barco está quieto, desvencijado,
sobre un médano que es su casa, su refugio,
los años han hecho mella, estragos casi,
sobre su frágil cuerpo de madera,
que guarda en su frondosa memoria 
recuerdos sobre épocas memorables.

Son las vicisitudes de la vida amigo,
supiste ser un gran aliado, un cómplice,
durante décadas, a la mar desafiaste,
con la hidalguía que solo los grandes tienen.

Tu presente está por pasados inundado,
tu madera de pino otrora resistente,
ha cedido a las inclemencias de la intemperie;
soles abrasadores, sales y desamparos inexplicables
te convirtieron en la amorosa cuna de dos gaviotas 
que como su regazo amparador te han elegido.

La vida es así amigo, la juventud tiene otros dones,
el tiempo genera cambios, que son constantes,
cuando eras rozagante a la mar te empujaban,
hoy, con una vejez precipitada, hasta evitable,
eres el cobijo de dos aves, que otros vigores te insuflaron.

Viviana Laura Castagno Fuentes

viernes, 18 de octubre de 2019

EL DESTIERRO

     
Desearía tener la habilidad,
esa que ostentan los jardineros,
poseer unas manos prodigiosas
para poder arrancar de cuajo 
los dolores viejos y los nuevos,
que con suma habilidad sus raíces
en mis entrañas han arraigado.

Podría quitar los anquilosados
y sembrar un sendero con gardenias,
níveos jazmines y camelias matizadas;
hacer una fiesta con colores, aromas,
e invitar a los intrusos desbaratadores
para que partan y no vuelvan.

Definitivamente, ser una jardinera
sería la mejor de las terapias,
allí donde la desazón brote
plantaré las mejores especies
y por un camino de abedules
las invitaré a partir muy lejos
mientras sello las entradas 
con bellísimas amapolas rojas
para que jamás, jamás regresen.

Viviana Laura Castagno Fuentes

SU CIELO LLORABA



Un cielo plomizo y ominoso,
no se explicaba
con argumentos científicos,
para una niña pequeña,
había otra realidad:
su amado cielo estaba triste,
por eso sus ojos estaban cerrados.

Cuando la lluvia comenzaba,
no eran nubes condensadas
que caían,
eran las lágrimas 
de su cielo entristecido,
porque los hombres 
algo malo le habían hecho.

Ella no comprendía la meteorología,
sus nubes con llanto acumulado,
debían menguar tanta desolación, 
llorando, mientras abajo todo se inundaba.

¿Cómo explicar a una niña
 lo que era la lluvia,
si estaba convencida que mucho dolor 
era la razón que la provocaba,
y no lo que la ciencia argumentaba?

Era así, su cielo tan amado,
estaba angustiado,
porque le habían hecho
un gran daño
los hombres que sobre ello saben tanto,
y ella sabía, que llorando con lágrimas intensas,
la cura de su agobio, había comenzado.

Viviana Laura Castagno Fuentes

LA HAMACA DEL PUEBLO

                                  

Mi padre era naturalmente un hombre muy habilidoso, dones tal vez heredados de su papá —mi abuelo—, a quién no logré conocer porque falleció cuando a la sazón tenía yo un año y ocho meses.

Supo mi padre hacer de nuestra infancia un verdadero deleite. Era la mayor de tres hermanos y la única mujer, por lo tanto tenía ciertas potestades aseguradas, con la anuencia y complicidad de mi adorada madre también.

Mi niñez ha sido pródiga en disfrutes con amigos del colegio, del barrio, eran juegos variados a los que se sumaban niños que pasaban en ese mágico momento por la vereda de mi casa, donde la diversión tenía su lugar garantizado.

Las rondas, la rayuela, andar en bicicleta, en monopatín o simplemente sentarnos para conversar temas de niños, eran un cita diaria y transcurría en la vereda, sobre todo en tardes primaverales o de estío, porque el sol se ocultaba mucho más tarde.

En ese espacio, la vereda, había también un lugar donde el césped era el gran protagonista y allí, casi besando la calle, estaba el garante de la mayor de las diversiones: "un esplendoroso árbol de paraíso", con su tronco leñoso, sus hojas verdes oscuras, lustrosas y sus flores violáceas con una delicada fragancia que formaba ramilletes.

Con las flores, diseñábamos collares; debíamos desprender los pétalos y dejar solamente el pistilo, por allí con la ayuda de una aguja e hilos, con extrema delicadeza, los uníamos uno a uno hasta lograr un amoroso collarcito con la generosidad de las flores más sencillas y glamorosas (debo admitir que sentía muy profundamente que las mutilaba).

Pero la magia del árbol tenía otra impronta, mi padre, había observado, que una de sus ramas, caprichosamente había crecido como un brazo extendido, bien horizontal, como invitando a jugar con ella.

¿Y qué pergeñó papá?: ¡Una hamaca!

Sí, haría una hamaca con cadenas y asiento de madera suave y brillante para nosotros los tres hermanos, pero también para ser compartida con todos los niños que por allí pasaban.

Y la construyó, envolvió a la rama generosa con tela gruesa para preservarla, para que las cadenas no la dañaran; fue uno de los tantos alborozos que tuve en mi infancia, una hamaca fabricada por papá y para ser disfrutada por todos.

Así nació una leyenda casi, la denominaron: "La hamaca del Pueblo", porque era ese su destino, su finalidad. Que cada amigo, cada niño o quién deseara sentir la brisa en su rostro cuando un envión los empujaba, disfrutara libremente y sin pedir permiso alguno.

La hamaca del pueblo fue un regalo de papá, para nosotros, pero también para todos los niños, no existían mezquindades, no sabíamos sobre ella, nuestros padres nos educaron con valores eternos que aún hoy a mis sesenta y dos años son mi guía y faro, cuando las inclemencias del afuera intentan derrumbarme viene a mi memoria la hamaca del pueblo, un símbolo sobre la solidaridad y la generosidad que mantienen viva a aquella niña.

Muchas gracias papá , tu hamaca era un juego más, pero para mí se convirtió en toda una parábola, una enseñanza sobre los valores humanos que jamás olvidaré mientras continúe explorando este azaroso camino de la vida.

Viviana Laura Castagno Fuentes
              

jueves, 17 de octubre de 2019

CONVIVENCIA INESPERADA

           

En esta incierta y dubitativa primavera
que ostenta un despliegue artístico
con espectacularidades tantas,
hay también un invierno implícito.

Pero el invierno es un intruso,
no está invitado a la fiesta,
es un impostor, un osado
que ha prolongado su delirio
haciendo tiritar hasta a los árboles.

La dúctil primavera está extraviada,
había ataviado a sus reinas
con estridentes colores
y ahora no comprende
si es ella quién está ofrendando
o debe dar espacio
a un invierno tardío y obcecado.

Recapitulando entonces, 
—la estación es la primavera—
el otro es un testarudo,
un renuente a irse,
son las peculiaridades de la natura
tan especial a veces
están conviviendo dos estaciones:
uno es un recalcitrante
la otra, una primavera sojuzgada. 

Viviana Laura Castagno Fuentes