Así, de a poco, como si el aprendizaje no hubiese acabado todavía, intento proseguir viviendo.
Nada es fácil —¿quién aseveró lo contrario?—, se entorpece el camino, regresan los óbices y me expulsan de la travesía.
Y vuelvo al comienzo o al menos así lo percibo, aunque en realidad un poco he avanzado y está doliendo menos todo, pero sería un dislate —cantar victoria—.
Reconozco mi capacidad para permitir que el dolor —haga su tarea—, me propuse no exigir nada, no apresurar las etapas y dejar que lo demás fluyese, aun cuando deseaba detener al tiempo arrancando de cuajo las agujas del reloj.
El adiós a un ser amado es un hecho inevitable, una certeza y natural —pero no estaba preparada y arrasó conmigo y mi universo—.
Me pregunto ¿Alguien está preparado para decir adiós, máxime cuando hay que despedir a una madre extraordinaria? ¿Hay alguien realmente que pueda ignorar la conmoción que genera?
Hoy, el amor inconmensurable que cultivó en mí —es la terapia más acertada, la que me centra y estabiliza—, aunque los derrumbes sean sorpresivos, se reiteren y me paralicen.
Saldré, miraré el cielo como cuando lo escudriñábamos juntas, porque estoy suturando ¿o zurciendo nada más? la más grande de mis heridas con las letras de los poemas muchas veces bañados en lágrimas —que escurro en silencio— antes de publicarlos.
Viviana Laura Castagno Fuentes