El río era un lago quieto,
tenía a sus aguas detenidas
—como en estado de meditación—
y el cielo se miraba en ese espejo.
El bote parecía dormir su siesta
bajo el sol abrasador del mediodía,
solo interrumpida por unas aves sedientas
que bajaban hasta la orilla y lo despertaban.
Luego levantaban vuelo,
se unían a la bandada que navegaba
entre nubes escurridizas
que de tanto en tanto, al cielo oscurecían.
Pero, la calma era una impostura,
ese río con actitud de lago manso
comenzaría a inquietar a sus aguas
cuando una lluvia pertinaz arreciara.
Y comenzó lo que tanto se temía
las aguas iniciarían su danza,
escalarían las rocas disfrazadas
de altas e irregulares barrancas.
La aparente tranquilidad había acabado.
Llegó la inundación al pueblo,
que tenía a su río
tenía a sus aguas detenidas
—como en estado de meditación—
y el cielo se miraba en ese espejo.
El bote parecía dormir su siesta
bajo el sol abrasador del mediodía,
solo interrumpida por unas aves sedientas
que bajaban hasta la orilla y lo despertaban.
Luego levantaban vuelo,
se unían a la bandada que navegaba
entre nubes escurridizas
que de tanto en tanto, al cielo oscurecían.
Pero, la calma era una impostura,
ese río con actitud de lago manso
comenzaría a inquietar a sus aguas
cuando una lluvia pertinaz arreciara.
Y comenzó lo que tanto se temía
las aguas iniciarían su danza,
escalarían las rocas disfrazadas
de altas e irregulares barrancas.
La aparente tranquilidad había acabado.
Llegó la inundación al pueblo,
que tenía a su río
como preciado obsequio
pero también, como enemigo a veces.
Vendrían días para el éxodo
cada quién intentaría salvar algo,
el agua era la protagonista absoluta
no había espacio para indecisos.
Quién diría, aquel río con cara de amigo
—embraveció su rostro, alborotó a sus aguas—
llegó hasta la plaza central del pueblo
y atemorizó a quienes con generosidad
ofrendaba todo, —sin límites convenidos—.
pero también, como enemigo a veces.
Vendrían días para el éxodo
cada quién intentaría salvar algo,
el agua era la protagonista absoluta
no había espacio para indecisos.
Quién diría, aquel río con cara de amigo
—embraveció su rostro, alborotó a sus aguas—
llegó hasta la plaza central del pueblo
y atemorizó a quienes con generosidad
ofrendaba todo, —sin límites convenidos—.
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