Sabrás que río, lloro,
me entristezco por días
y me aferro a la estoicidad
de las flores silvestres
que destellan con sus colores
y el mundo las pisa, indiferente.
Quizá, estaban allí para deleitar
a las almas sensibles y amorosas
—pero son invisibles parece—
ellas, aun moribundas resisten
y tal vez mañana una alfombra
con delicadas florecillas invisibles
debajo de unas pisadas, fenezca de nuevo.
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