Era portentoso y sólido,
no pudo ningún viento
hacer mella en su cuerpo
que resistió todos los embates.
Y aunque feneció artificialmente
—cuando decidieron derribarlo—
se llevó consigo la causa
de los nudos que ostentaba.
Intuyo íntimamente que eran
ríos de lágrimas atascadas
en la sutil garganta de su tronco
tan imponente como su angustia.
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