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lunes, 9 de marzo de 2026

ANÉCDOTAS FAMILIARES

Desearía un atardecer a tu lado, degustando un fragante té y dialogar de lo que emane naturalmente como lo hacíamos.

Siempre estaba presente el recuerdo de tu madre —mi abuela—, y surgían anécdotas desconocidas por mí que la conversación enriquecían.

Recuerdo una en especial, cuando la abuela era maestra en el grado a su cargo desapareció una cartuchera con lápices de colores.

El niño afectado había llegado sollozando hasta su escritorio y comentó el episodio, descubrió cuando regresaba de un recreo —que no estaban sobre su pupitre—.

Mi abuela, pidió silencio a los alumnos y les dijo con firmeza: —Entregaré a cada uno de ustedes una rama y mañana todos deberán dejar la misma sobre su pupitre y pasaré a observarlas y si la misma creció un poquito, entonces estaré ante el autor del hecho. 

La clase terminó, el alumnado regresó a su hogar y mi abuela emprendió también el regreso al suyo, allí la esperaban sus ocho hijos y estaba ansiosa por verlos.

Contó a su familia lo sucedido y todos coincidieron en que era una estrategia que algunos habían presenciado y que seguramente resolvería el desencuentro entre dos compañeros.

Llegó la hora de ir a la escuela, mi abuela deseaba terminar cuanto antes con ese incidente, pero a su vez dejar un mensaje para el autor y los demás compañeros de aula.

Comenzó a recorrer las filas de niños mientras observaba la ramita que cada uno exhibía, todo estaba dentro de lo pergeñado.

Cuando llegó donde un niño mostraba la rama, mi abuela se detuvo y le dijo casi al oído —lo que has hecho está mal, nunca más reiteres lo mismo—.

Devolveré lo que has retenido a tu compañero y quedará esto entre nosotros.

El alumno asintió avergonzado y entregó los lápices, pero mi abuela jamás dijo a los demás alumnos quién había sido.

¿Cómo supo mi abuela?

Un viejo truco que se acostumbraba aplicar, les dijo a cada uno de sus alumnos que esa ramita que les entregaría —crecería un poquito en manos del autor o responsable—.

El niño que se apropió de la cartuchera —cortó un poquito la ramita— y se delató ingenuamente.

Mi abuela no lo expuso, era un niño que vivía en pobreza extrema y deseaba tener sus lápices de colores. 

Aprendió la lección y mi abuela nunca dijo quién había sido, ni siquiera a sus hijos que preguntaron con insistencia.


Viviana Laura Castagno Fuentes 

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