Podría esgrimir miles de argumentos para justificar —que no te extraño como antes—, pero sería un autoengaño fútil, una mentira prosaica, un sofisma incomprensible.
Porque vives inmiscuida en cada tramo de mis horas, no te ausentas en mis pensamientos, estás allí aun cuando la mente insiste y me atosiga.
Ingresas a hurtadillas con las primeras luces del alba, acompañas el vaivén de las ramas cuando el viento las acicatea y ellas exultantes se mecen.
Estás en cada palabra escrita —aunque de ti no hable—, pero moras como si una incrustación fueses.
Porque si te ausentaras —sencillamente fracasaría la poesía—, quedaría reducida a una concatenación vacua de letras indolentes, eres quién le insufla el amor que ella necesita aun cuando el remanido dolor se imponga.
Viviana Laura Castagno Fuentes
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