Estuve cavilando últimamente (¿será la edad?):
¡Qué fugacidad tiene la vida!, ¡Cuán efímera se torna! cuando nos percatamos que el ayer es hoy una escarpada montaña y el mañana a un cerro diminuto se ha reducido.
Llegó la hora de la verdad, no hay más espacio ni tiempo para nimiedades, mentiras, ni arrepentimientos, tenemos un camino de ida solamente y no podremos volver atrás porque el alma está observando.
Agradezco la vida que he vivido, si hubiese una oportunidad para modificar algo de ella "dejaría todo lo que sucedió, no alteraría un ápice, porque aun equivocada extraje de mis yerros un aprendizaje que modificó mi conducta y antepuso mis prioridades".
Si tuviese que establecer un hito o un quebranto que desmoronó todo mi universo: "Ha sido la muerte de mi Madre", me ha fragmentado, descendí hasta lugares que desconocía y estaban todos dentro de mí aguardando.
Y aunque parezca un galimatías, el profuso dolor se convirtió en mi guía y maestro porque muy sutilmente me enseñó a emerger de mis pantanos.
Muchas gracias a la vida, tuve todo lo más importante y necesario, nada ha sobrado —si de lo material hablamos—, hubo lo justo, pero estuve inmersa en "un orbe de amor incondicional" que fue, es y seguirá siendo "la riqueza más ingente" que ha cincelado mi universo íntimo y que no se adquiere en ningún lugar, porque se aposenta solamente en el alma y justamente del alma esta sociedad materialista, frívola y displicente —se ha olvidado—.
Viviana Laura Castagno Fuentes
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