Cada amanecer cuando despierto imagino que estaré liberada,
pero no despierto sola, junto a mí despiertan mis miedos.
Han nacido conmigo creo, fueron hábiles para inmiscuirse,
me dejaron disfrutar una niñez muy plena, fueron astutos,
simularon estar dormidos para garantizar el gozo.
Pero en la adolescencia, irrumpieron sin piedad alguna,
se desperezaron conmocionando la paz que habitaba dentro
y con un zarpazo que se sintió en el alma —la paralizaron—.
Los miedos, esos intrusos a la fiesta de la vida
sin invitación llegaron mutando a yermo lo fértil,
durante décadas me intimidaron y ganaron todas las batallas.
¿Qué más desean de mí, si todo se han llevado?
Porque cuando ellos nos amueblan —son huéspedes inesperados—
no quedan intersticios a salvo porque con todo arrasan.
Son devastadores, se parecen a los desastres naturales,
son huracanes, sismos, inundaciones, feroces tornados,
con una capacidad destructiva inconmensurable.
La diferencia radica en que los daños naturales son externos,
los podemos observar e intervenir en las reconstrucciones,
pero lo que dañan los miedos —es invisible a los ojos— petrifican al alma
y con ella por temores acuciada la vida se paraliza y mueren los sueños.
Algún día amanecerá, abriré mis ojos, sentiré liviano al cuerpo y serena al alma,
habrá espacio para el disfrute porque sus inhibidores, los invisibles miedos,
yacerán fuera, porque esta vez, los exilié para que nunca más regresen
a desbaratar los sueños que acaban de resucitar luego de una muerte muy larga.
Viviana Laura Castagno Fuentes
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