No temía al frío, ese que insensibiliza la piel del cuerpo, hace tiritar y hasta castañetear los dientes. Temía al peor de todos los fríos, el de los sentimientos, el que cala al alma y la petrifica.
Le temía, porque el otro frío se supera con un abrigo, con un té calentito o con una fogata improvisada con maderas de pino seco.
Pero, cuando hay corazones petrificados, a veces necesitan un tiempo prolongado para curarse, para quitar esa capa de insensibilidad que los inutiliza para amar y dejar amarse.
Era razonable que sintiese miedo, porque entregaba tanto, no medía a quién ni cuánto y un día comprendió que el resto del mundo seguía con su vida, sin valorar su magnanimidad intrínseca.
Ya no temas, algún día se descongelarán los sentimientos, se caerán una a una las capas de hielo que los anestesian y aparecerán corazones curados y en estado de pureza.
Confieso, que tanta decepción tendrá su recompensa y volverás a sentir que poseer un corazón enorme y desinteresado, te habrá convertido en un ser humano extraordinario, tan especial como para perpetuarte en una poesía, que alguien seguramente ya la estará pergeñando.
Viviana Laura Castagno Fuentes